Nuestro Credo
Creemos que todos podemos tener una relación personal con Dios por medio de Jesucristo, lo que nos permite tener felicidad y serenidad, y nos motiva a ayudar a otros y a entregar las buenas nuevas de Su amor. Jesús puede hablarnos al corazón y darnos guía, orientación y soluciones prácticas a los desafíos que enfrentamos en la sociedad actual.
Las Sagradas Escrituras
Creemos que la Santa Biblia fue inspirada por Dios y que constituye un regalo del Creador para iluminar nuestros pasos: «Lámpara es a mis pies Tu Palabra y lumbrera a mi camino» (Salmo 119:105)1. Sostenemos que las Escrituras son revelación sagrada, transmitida a santos hombres de la Antigüedad que hablaron movidos por el Espíritu Santo (2 Pedro 1:21), y que Dios dispuso que aquellos escritos fuesen el patrón de nuestra fe y la guía de nuestro culto y actividades religiosas. Fieles a esta verdad, que «toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia» (2 Timoteo 3:16), nos esforzamos por estudiarla, aprenderla de memoria y obedecerla. Conociendo sus principios y adhiriéndonos a sus dogmas crecemos en fe, sabiduría y fortaleza espiritual. La Palabra de Dios tal como está revelada en la Santa Biblia es el fundamento y piedra angular de todas nuestras creencias y modo de vida. Es el pilar de nuestra fortaleza y alimento espirituales. Sus principios constituyen la esencia de la educación que impartimos a nuestros hijos y su verdad la base del testimonio que damos a los demás.
Mateo 24:35; Romanos 15:4; Juan 8:31,32; 1 Juan 2:5; Romanos 10:17; Salmo 119:99,100; Jeremías 15:16; 2 Timoteo 2:15; 3:15; 4:2; Juan 1:1,14 2
Dios y la Trinidad
Afirmamos nuestra creencia en el único Dios verdadero y eterno, el todopoderoso, omnisciente, omnipresente e invisible Espíritu de amor, creador y supremo rector del universo y de todo lo que hay en él. Creemos en la Trinidad, en la existencia de tres Personas distintas pero inseparables: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Isaías 43:10,11; Juan 4:24; 1 Timoteo 1:17; 1 Juan 4:8; 5:7
La creación
Aceptamos el relato bíblico de la creación tal como figura en el libro del Génesis: que el cielo y la tierra los creó Dios, no surgieron a partir del caos. Consideramos que debe tomarse al pie de la letra y no en sentido alegórico. También creemos que en el sexto día de la creación Dios hizo al hombre a Su imagen y semejanza. Creó a Adán del polvo de la tierra y sopló en él aliento de vida. Luego, en el mismo día, creó a Eva a partir de una costilla de Adán. Así el hombre llegó a convertirse en ser viviente, por creación divina, no por evolución fortuita. Profesamos también que la creación visible de Dios constituye un claro testimonio de Su existencia invisible. Dado que somos Sus criaturas, Dios merece nuestro agradecimiento, veneración y obediencia.
Génesis 1:1; Romanos 1:20; Salmo 33:6-9; Jeremías 32:17
La caída del hombre
Entendemos que el hombre fue creado inocente por su Hacedor, pero que, tentado por Satanás, pecó voluntariamente y cayó, perdiendo así su estado de felicidad y pureza. Como consecuencia, todos los hombres son ahora pecadores y totalmente incapaces de alcanzar la justicia sin el poder salvífico de Jesucristo.
Génesis, capítulo 3; Romanos 5:12-21
Jesucristo, el Hijo de Dios
Creemos en la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, el Hijo unigénito de Dios, concebido y engendrado milagrosamente por la Virgen María. Profesamos que se mantuvo sin mancha toda Su vida y que mediante Su muerte hizo expiación de todos los pecados del mundo: el sacrificio del Justo que muere en lugar de los injustos. Consideramos que Jesucristo hace de mediador entre Dios y los hombres, y que se entregó a Sí mismo como único redentor de los pecadores. Creemos en Su resurrección física y Su ascensión en cuerpo al Cielo, en Su perpetua intercesión por Su pueblo y en Su inminente regreso al mundo, en persona y de forma visible, con poder y gran gloria, para establecer Su reino y posteriormente juzgar a los vivos y a los muertos.
1 Timoteo 3:16; Filipenses 2:5-11; Hebreos 4:14,15; 2 Corintios 5:21; 1 Pedro 2:24,25; Romanos 1:3,4; Mateo 28:18; Hechos 1:9-11
El Espíritu Santo
Estimamos que el Espíritu Santo vino del Padre para impartir inspiración y enseñanza, y revestir de poder a los creyentes para la misión que Dios les ha encomendado. Estos reciben una medida del Espíritu Santo al aceptar a Jesús, pero pueden llenarse de él hasta rebosar cuando deciden consagrarse más plenamente al Señor. «Sed llenos del Espíritu» (Efesios 5:18).
Génesis 1:26,27; Proverbios 8:1,22-32; Juan 3:5-8; 14:15-18,26; 15:26; 16:7-11; Hechos 1:8
El bautismo del Espíritu Santo
Creemos que el bautismo —el acto de llenarse totalmente del Espíritu Santo— es una infusión de amor, «porque Dios es amor» (1 Juan 4:8). Todos los creyentes pueden acceder a él gratuitamente con solo pedírselo a Dios. Suele tener lugar luego de la bíblica imposición de manos por parte de otros creyentes. El propósito fundamental del bautismo del Espíritu Santo es investir de poder al creyente para que dé testimonio del Evangelio de Jesucristo. «Recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos» (Hechos 1:8).
Otras facultades del Espíritu Santo son guiar al creyente a toda la verdad, consolarlo, recordarle todas las cosas que dijo Jesús, ayudarlo a orar y hacerle entender la Palabra de Dios.
Lucas 11:9-13; Hechos 8:15-17; 1:8; Lucas 4:18; Gálatas 5:22,23; Juan 14:16,26; Romanos 8:26,27
Los dones del Espíritu
Profesamos que es privilegio del bautizado en el Espíritu disfrutar de los dones enunciados en el capítulo 12 de la 1ª Carta de Pablo a los Corintios, entre los cuales se cuentan el de sabiduría, el de conocimiento, el de fe, el de curación, el de milagros y el de profecía. «Hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para el bien de todos» (1 Corintios 12:4,5,7). Sostenemos que el Padre celestial otorga gratuitamente todos estos dones a Sus hijos, sean hombres o mujeres, para que los aprovechen y los ejerciten libremente en la congregación, lo cual fortalece, anima y edifica al cuerpo de creyentes.
Joel 2:28,29; Hechos 2:17,18; Mateo 7:11
El don de profecía
Consideramos que un don importante que Dios otorga a Sus hijos por medio del Espíritu Santo y que debería constituirse en parte activa de nuestro quehacer cotidiano y servicio a Dios es el de profecía. Cuando reconocemos al Señor y le pedimos que guíe nuestros pasos sin apoyarnos en nuestra propia prudencia (Proverbios 3:5,6), Él nos imparte instrucción, nos ofrece guía y nos infunde aliento; es decir, establece un vínculo íntimo con cada uno de nosotros. «El que profetiza habla a los hombres para edificación, exhortación y consolación» (1 Corintios 14:3). El don de profecía está a disposición de todos los seguidores de Cristo, al igual que cualquier otro don del Espíritu.
Fue pronosticado en la Biblia que la profecía tendría un rol mayor en los postreros días4, la época en la que según nuestras convicciones vivimos actualmente. «En los postreros días —dice Dios—, derramaré de Mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán» (Hechos 2:17).
Romanos 12:6; 1 Corintios 12:28; 14:5; Apocalipsis 19:10
Los frutos del Espíritu
A nuestro entender, los cristianos que están llenos del Espíritu Santo deben manifestar los frutos del Espíritu detallados en la Biblia: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza (Gálatas 5:22,23).
Efesios 5:9; Santiago 3:17,18; Mateo 7:16-20
El poder curativo de Dios
Creemos que una parte importante del ministerio público de nuestro Señor cuando estuvo en este mundo y atendía personalmente a la gente consistió en curar a los enfermos y dolientes. Teniendo en cuenta que «Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos» (Hebreos 13:8), es lógico que aún desee devolverles la salud a los enfermos que acuden a Él con fe. Por medio de los padecimientos de Cristo en la cruz, Dios nos ofrece no sólo salvación para el alma, sino también alivio de las dolencias físicas: «Por Sus llagas [las heridas que sufrió cuando fue azotado] fuimos nosotros curados» (Isaías 53:5). Todo creyente puede beneficiarse de la curación divina.
Si bien creemos en el poder curativo de Dios, consideramos que cada cual puede escoger entre confiar únicamente en la oración u obtener asistencia médica además de recurrir la oración. Nuestros integrantes tienen plena libertad para recurrir a la medicina. Como dicen las Escrituras: «Conforme a vuestra fe os sea hecho» (Mateo 9:29).
Mateo 4:23,24; 10:1; Marcos 16:17,18; 1 Pedro 2:24; Mateo 8:16,17, Salmo 103:3
La guerra espiritual
Es nuestra creencia que actualmente se libra una implacable guerra espiritual. Nuestros esfuerzos por obedecer los mandatos de Dios y por predicar el Evangelio de Jesucristo a tantos como podamos, a fin de «abrir sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz y de la potestad de Satanás a Dios» (Hechos 26:18), se ven estorbados por nuestro adversario el Diablo, que hace todo lo que puede por frustrarlos. «No tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este mundo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes» (Efesios 6:12). Por tanto, los soldados del ejército del Señor deben «vestirse de toda la armadura de Dios» (Efesios 6:11) y aprender a manejar con destreza las poderosas armas espirituales que Él nos ha confiado, en particular «el escudo de la fe» y «la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios» (Efesios 6:16,17). Confiamos en que la victoria es nuestra, porque la Palabra de Dios nos promete: «Mayor es el que está en vosotros [Jesús] que el que está en el mundo [el Diablo]» (1 Juan 4:4).
La oración
Consideramos que la oración —el medio de comunicación entre cada hijo de Dios y su Padre celestial— es imprescindible para nuestro bienestar espiritual. Por medio de la oración declaramos nuestro amor a Dios y manifestamos nuestra dependencia de Él. Lejos de ser un mero rito o forma de culto, la oración tiene la virtud de liberar el poder de Dios conforme a Su voluntad, obrar cambios, sanaciones y milagros y suplir lo que nos falta. Jesús lo acreditó diciendo: «Todo lo que pidáis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá» (Marcos 11:24).
Consideramos que todo cristiano tiene el importante deber de interceder fervientemente en oración por las necesidades ajenas: «Orad en todo tiempo […] con toda perseverancia y súplica por todos los santos» (Efesios 6:18).
Jeremías 33:3; 1 Tesalonicenses 5:17; Hebreos 11:6; Santiago 5:16; 1 Samuel 12:23; 1 Crónicas 16:11
La Iglesia, comunidad de creyentes
A nuestro entender, la Iglesia consiste en la colectividad de creyentes. Se la denomina «el cuerpo de Cristo», y también «la esposa de Cristo». Por lo tanto no es una simple institución u organización eclesiástica, y menos un templo o lugar de culto. «El Altísimo no habita en templos hechos de mano» (Hechos 7:48). «Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual» (1 Pedro 2:5). «Dios es Espíritu, y los que lo adoran, en espíritu y en verdad es necesario que lo adoren» (Juan 4:24). Creemos que la Iglesia es una entidad espiritual compuesta por todas aquellas personas que han aceptado a Cristo como Salvador, independientemente de su afiliación a tal o cual confesión cristiana.
Valoramos enormemente los beneficios espirituales derivados de la confraternización con personas de creencias afines y consideramos importante que los creyentes se reúnan a orar y leer la Palabra de Dios en armonía y concordia. Las Escrituras nos exhortan a «no dejar de congregarnos» (Hebreos 10:25). Por ende, debemos esforzarnos por seguir el ejemplo de los primeros cristianos, que «perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones» (Hechos 2:42).
Efesios 1:22,23; 2:19-22; 1 Corintios 12:12-14; Hechos 2:46; 1 Juan 1:3,7a
La gran misión
Creemos que nuestro Señor ha encomendado a Su Iglesia la gran misión de evangelizar el mundo: «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura» (Marcos 16:15). Cada creyente tiene, pues, el encargo de dar a conocer al mundo el amor de Cristo y procurar atraer a los demás al reino celestial de Dios. No consideramos necesario que el creyente sea formalmente ordenado ministro del Evangelio por una confesión o institución cristiana, pues Dios manda a todos los creyentes que prediquen Su Evangelio y conviertan a otras personas a la fe de Cristo. «No me elegisteis vosotros a Mí, sino que Yo os elegí a vosotros y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto» (Juan 15:16)..
Mateo 28:19,20; Hechos 1:8; 2 Timoteo 4:2; 1 Pedro 3:15; Proverbios 14:25; Hechos 26:18; 1 Corintios 9:16
Discipulado
Consideramos que para un creyente constituye un gran honor responder al llamado de Cristo para seguirlo en calidad de discípulo5 plenamente dedicado. También creemos que dicha vocación de entrega total a Jesús continúa siendo esencialmente la misma desde la época en que Él llamó a los pescadores de las costas del mar de Galilea diciendo: «Venid en pos de Mí, y os haré pescadores de hombres» (Mateo 4:19).
De acuerdo con las Sagradas Escrituras, estamos convencidos de que tal grado de discipulado significa comprometerse de por vida a ganar a otros a la causa de Cristo y a instruirlos y prepararlos para que sigan Sus pasos y se conviertan en Sus discípulos. «Id y haced discípulos a todas las naciones, [...] enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado» (Mateo 28:19,20). «En esto es glorificado Mi Padre: en que llevéis mucho fruto y seáis así Mis discípulos» (Juan 15:8).
Ser discípulo en régimen de dedicación exclusiva también conlleva desistir del afán de obtener riquezas materiales y de cualquier otra ambición o empresa mundana y materialista. «Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado» (2 Timoteo 2:4). Cristo enunció claramente las rigurosas condiciones que debe cumplir un discípulo cuando dijo: «Cualquiera de vosotros que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser Mi discípulo» (Lucas 14:33).
Mateo 6:19-34; Marcos 10:21; Hebreos 11:13; Lucas 16:13
Inconformidad con el mundo
El cristiano ha sido llamado por Dios a «no conformarse a este mundo, sino a transformarse por medio de la renovación de su entendimiento» (Romanos 12:2). Nos adherimos también a la amonestación bíblica que dice: «No améis al mundo ni las cosas que están en el mundo» (1 Juan 2:15). Entendemos por esto que el creyente debe evitar las actividades y costumbres de la sociedad secular que son incompatibles con los principios cristianos. Tampoco debe contemporizar con actitudes y valores que sean opuestos a las Escrituras.
No obstante, si bien creemos en el mandato bíblico de que el pueblo de Dios debe «salir de en medio de [los incrédulos] y apartarse» (2 Corintios 6:17), consideramos que dicha separación es más que nada espiritual, pues Jesús afirmó que Sus discípulos estarían «en el mundo» aunque «no son del mundo» (Juan 17:15-18). Los cristianos no deben aislarse, sino tender la mano a personas de cualquier estrato social y seguir así el ejemplo de Aquel que vino a este mundo «a buscar y a salvar lo que se había perdido» (Lucas 19:10)
Consagración a Dios
La vida del cristiano debiera estar consagrada al Señor. Se nos exhorta a «presentar nuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es nuestro verdadero culto» (Romanos 12:1), a fin de que Él pueda producir en nosotros «así el querer como el hacer, por Su buena voluntad» (Filipenses 2:13).
Siendo nuestros cuerpos propiedad del Señor, templos en los que mora Su Espíritu Santo, somos partidarios de que el cristiano lleve una vida sana en términos de nutrición, ejercicio y descanso. No creemos que esté bien abusar de nuestro organismo con narcóticos, estupefacientes, tabaco y otras sustancias perjudiciales, ni excedernos en el consumo de alcohol o de alimentos y bebidas malsanos. «¿Acaso no sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios está en vosotros?» (1 Corintios 3:16). «Habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios» (1 Corintios 6:20).
El valor sagrado de la vida
Creemos que la vida humana es sagrada y que toda persona fue creada a imagen de Dios y como tal debe ser tratada. Los cristianos tenemos el deber de amar a nuestros semejantes como a nosotros mismos (Marcos 12:31), compartiendo con ellos la nueva del amor de Dios y de la salvación de la humanidad, independientemente de cuál sea su raza, género, color, credo, nacionalidad, afiliación religiosa o estatus social. Se nos exhorta a amar y respetar a los demás sin parcialidad (1 Timoteo 5:21). Nos oponemos a todo acto motivado por los prejuicios y a la violencia.
Rechazamos el aborto. La Biblia expresa claramente que para Dios la criatura que la madre lleva en el vientre es un ser humano, con personalidad propia, no sólo una masa de tejido fetal. El Señor dijo al profeta Jeremías: «Antes que te formara en el vientre, te conocí, y antes que nacieras, te santifiqué, te di por profeta a las naciones» (Jeremías 1:5). La embriología moderna prueba irrefutablemente que la vida humana comienza en el momento de la concepción, lo cual significa que el niño, durante su desarrollo prenatal, merece toda la protección y defensa de que goza cualquier otro ser humano.
Estimamos que el suicidio y la eutanasia no son aceptables a los ojos de Dios. Sostenemos que la vida es un valioso don divino, y por ser Dios el único dador de vida, es asimismo el único facultado para quitarla.
Génesis 1:27; 2:7; Salmo 139:14-16; Jeremías 2:34,35; Hechos 7:19
Las autoridades y la libertad de culto
Nos sujetamos al precepto bíblico según el cual las autoridades gubernativas están establecidas por Dios para beneficio y para la buena marcha de la sociedad: «Por causa del Señor someteos a toda institución humana» (1 Pedro 2:13). «Sométase toda persona a las autoridades superiores, porque no hay autoridad que no provenga de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas» (Romanos 13:1).
Solo en lo tocante a la fe haríamos excepción a este mandato, en casos en que la obediencia a una ley humana llevaría a desobedecer la ley de Dios. Jesucristo es Rey de reyes y Señor de señores; y cuando las leyes o normas de los hombres contradicen nuestra fe o atentan contra el deber que tenemos de rendir culto a Dios y dar testimonio de esa fe, adoptamos la misma postura que los apóstoles: «Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hechos 5:29).
Romanos 12:18; 13:1-7; 1 Pedro 2:17; Mateo 22:21; Proverbios 8:15,16; Apocalipsis 19:16




