El capítulo 23 del 2º libro de Samuel enumera los
«valientes del rey David» (versículo 8)
Uno fue «Benaía, hijo de Joaida, hijo de un varón
esforzado, grande en proezas, de Cabseel, que mató a dos leones
de Moab: también descendió y mató a un león en medio de un foso
cuando estaba nevando» (versículo 20).
Las Escrituras no nos dicen qué hacía Benaía en
el momento en que se topó con el león. No sabemos cuál era su
estado de ánimo, pero sí cuál fue su reacción. ¡Tuvo agallas!
Cuando la imagen de una fiera que se alimenta de carne humana
recorre el nervio óptico y queda registrada en el cerebro,
normalmente transmite un mensaje principal: Huye lo más rápido y
más lejos que puedas.
Las personas normales huyen. Los cazadores de
leones, no. Son de otra casta. No detectan problemas de 225
kilos. Cuando ruge una oportunidad, agarran el toro por los
cuernos.
A riesgo de incurrir en una obviedad, digamos que
Benaía no llevaba las de ganar. Además de pesar hasta 225 kilos
y correr a 55 km/h, el león cuenta con una vista cinco veces
superior a la del hombre en condiciones óptimas. Aquel león
tenía una superioridad enorme en un foso con escasa luz. En un
lugar resbaloso y cubierto de nieve el equilibrio de un león con
reflejos felinos supone una ventaja considerable.
¿No da la impresión de que Benaía no era muy
inteligente a la hora de decidir dónde y con quién pelear? Lo
suyo fue en extremo arriesgado e imprevisible. Sin embargo, las
Escrituras no dicen que Benaía fuera prudente, sino esforzado.
Los cazadores de leones no se proponen evitar
situaciones en las que lleven las de perder. Saben que las
circunstancias imposibles dan lugar a milagros asombrosos. Esas
son las experiencias que hacen que la vida valga la pena, las
experiencias que vale la pena contar.
Donde menos querríamos estar la mayoría sería en
un foso con un león en un día de nieve. Pero hay que reconocer
algo: en un currículum vitae para postular ante el rey de Israel
a un puesto de guardaespaldas, decir «maté un león en un foso un
día que estaba nevando» tendría un peso tremendo.
Benaía no solo consiguió el puesto de jefe de la
guardia de David, sino que fue ascendiendo por la jerarquía
hasta llegar a comandante del ejército de Israel. Terminó por
convertirse en la segunda autoridad del reino, y la genealogía
de su éxito se remonta a su enfrentamiento a muerte con un
animal devorador de hombres. No le quedaba otra que huir o
luchar. Y tuvo las agallas para enfrentarse al león.
Dios necesita a más personas con el
espíritu de Benaía. Uno de los rasgos menos valorados de los
grandes líderes es el valor. Los grandes dirigentes tienen
agallas. Esas agallas se manifiestan de diversas formas
dependiendo de las circunstancias, pero los líderes y cristianos
valientes se atreven a ser diferentes. Plantan cara al sistema
establecido.
¡Nadie tuvo más agallas que Jesús! No tuvo miedo
de ofender a los escribas y fariseos, tocar a los leprosos,
lavar pies, defender a prostitutas o trabar amistad con
publicanos (recaudadores de impuestos).
No está de más citar las palabras de la escritora
británica Dorothy Sayers: «Los que crucificaron a Jesús no lo
hicieron porque Él fuera un ñoño. Todo lo contrario; Su
dinamismo ponía en riesgo la estabilidad de ellos. Fueron las
generaciones posteriores las que aplacaron aquella personalidad
iconoclasta envolviéndola en un halo empalagoso. Hemos despojado
al León de Judá de sus garras para convertirlo en un gato
doméstico al servicio de sacerdotes (y pastores) deslucidos y ancianitas
piadosas.»
Siempre me pregunté sobre el episodio del que da
cuenta Juan 2 en que Jesús monta en cólera, improvisa un látigo
y echa a los mercaderes y cambistas del Templo. No encajaba muy
bien con la imagen que me había formado de Él en la escuela
dominical.
He llegado a percibir esa faceta de Jesús. Si bien era el
Cordero de Dios, era también el León de la tribu de Judá. Para
poner el Templo patas arriba hicieron falta agallas.
Él necesita más líderes con audacia, y también
seguidores que vayan tras sus pasos.
«Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora,
el Reino de los Cielos sufre violencia y los violentos lo
arrebatan» (Mateo 11:12). ¡Seguir a Jesús no tiene nada de
pasivo!
Serle fiel no tiene nada que ver con mantener el estado de cosas
ni defender la trinchera. Se trata más bien de competir por el
Reino y violentar las puertas del infierno.
Las puertas del infierno son defensivas. El papel que debe
desempeñar la iglesia es el de atacante. (Mateo 16:18).
¿Qué león te ha pedido Dios que persigas?
Que el siguiente sea tu manifiesto: Deja de vivir
como si el propósito de la vida fuera llegar a la muerte sin
encarar riesgo alguno. Trázate objetivos a la medida de Dios.
Persigue pasiones ordenadas por Él. Ve tras algún sueño que esté
destinado a no hacerse realidad sin intervención divina. Deja de
identificar problemas y conviértete en parte de la solución.
Cesa de criticar y empieza a crear. Amplía tus horizontes.
Preocúpate menos por el qué dirán y más por lo
que piense Dios de ti. No te contengas. Deja de huir. ¡Persigue
al león!
Y recuerda: Si Dios es por nosotros, ¿quién
contra nosotros? (Romanos 8:31).
[fin]
[ Commentario ]
¡Entréguense a fondo por Jesús!
Es el León de la tribu de Judá, y con Él a su lado y dentro de
ustedes, no hay ningún león menor que no puedan perseguir,
alcanzar y derrotar. Cualquier otro león al que se enfrenten
tendrá que someterse a Él, a quien todo poder es dado en los
Cielos y en la Tierra (Mateo 26:18). ¡Y Él les ha concedido ese
mismo poder a ustedes! «A todos los que lo recibieron les dio
potestad de ser hechos hijos de Dios, a los que creen en Su
nombre» (Juan 1:12).
Así que cuentan con el poder de
Dios, porque ustedes también son hijos Suyos. Pueden
hacer grandes cosas por Él, y Él cuenta con que las hagan.
Ustedes también pueden ser unos valientes, sean quienes sean.
Dios se especializa en servirse de gente insignificante, de
personas comunes y corrientes, para obrar portentos. Se valió de
unos humildes pescadores para conquistar el mundo por Él la
primera vez que vino, y ahora puede servirse de ustedes,
cualquiera que sea su personalidad o el papel que desempeñan en
la vida, porque no son ustedes los que lo hacen. Es Él en
ustedes, «Cristo en vosotros, esperanza de gloria, a quien
anunciáis» (Colosenses 1:27-28).
"Si bien esas son, sin duda, grandes
proezas, una de las cosas más importantes que puedes hacer por
Él hoy en día es predicar el Evangelio del Reino y difundir por
todas partes las buenas nuevas de Su amor y salvación.
La fuerza de Él en ustedes les da el poder y la convicción para
testificar dondequiera que estén, a quienquiera que esté con
ustedes, y por medio de Su amor llevar esa alma al Reino de los
Cielos, donde será feliz por toda la eternidad.
«El justo está confiado como un
león» (Proverbios 28:1). Sean testificadores valerosos
y «no teman delante de ellos» ni ante sus miradas o actitudes,
porque el Señor está con ustedes (Jeremías 1:8). Si le piden Su
ayuda y poder para testificar así, para transmitir Su Palabra
con amor, convicción y audacia, harán proezas para Él y estará
orgulloso de ustedes. Y un día de estos, cuando se encuentren
con Él cara a cara, dirá a cada uno: «Bien, buen siervo y fiel»,
y contarán con Su eterna gratitud, además de las almas que les
estarán en el Cielo eternamente agradecidas por haberles
testificado.
Así que, persigan al león, a todo miedo
que tengan de testificar, toda preocupación por el qué
dirán, todo miedo o inquietud. Desciendan al foso, aunque sea en
el medio del invierno y las circunstancias dejen mucho que
desear, y derroten al león. Sobrepónganse a todos esos problemas
que se les hacen grandes como leones y les impiden difundir el
mensaje lo mejor posible y divulgar la Palabra de todas las
maneras habidas y por haber a cuantos puedan. ¡Atrévanse a dar
testimonio de Él fogosamente! Atrévanse a descollar entre la
multitud y ser diferentes por amor a Él, simplemente porque
desean que otros tengan y experimenten ese mismo amor y
disfruten de la misma vida eterna que ustedes, y sean así
felices ahora y siempre. ¡Está a su alcance hacerlo, porque
tienen al León de Judá!