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VIENE PRONTO! |
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Una Tarjeta Cajera debajo de Tu Piel |
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LA MARCA ESTÁ CADA VEZ MÁS CERCA
«Hacía que a todos, pequeños y
grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, se les pusiese una marca en
la mano derecha, o en la frente; y que ninguno pudiese comprar ni
vender, sino el que tuviese la marca» (Apocalipsis 13:16,17).
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Seguridad en America—a veces invisible, pero
siempre presente. |
Caiga quien caiga…
John W. Whitehead, Razormouth
«Gobernar a punta de palos y pelotones de fusilamiento no solamente es
inhumano (a nadie le interesa mucho eso hoy en día), sino que ha
resultado ser de probada ineficiencia. Y en esta era de tecnología
avanzada, la ineficiencia es el pecado contra el Espíritu Santo». Aldous
Huxley en «Un mundo feliz».
Los norteamericanos están atrapados en una telaraña de miedos. En
Estados Unidos el terrorismo tiene a la gente intranquila, están
aterrorizados de los delincuentes, se muestran recelosos de los
extranjeros y desconfían de sus vecinos. De hecho, los norteamericanos
prácticamente se han paralizado a causa de sus miedos, tanto los reales
como los imaginarios.
Como señala el sociólogo Barry Glassner en su libro titulado: The
Culture of Fear: Why Americans Are Afraid of the Wrong Things (La
cultura del miedo: Por qué los norteamericanos temen lo que no deben),
con frecuencia los estadounidenses «exacerban nuestras preocupaciones de
forma totalmente irracional». Reaccionan exageradamente ante la menor
anormalidad. «Además, los altos niveles de temor y ansiedad generan
situaciones sociales lamentables, entre ellas una creciente propensión a
renunciar a sus libertades civiles».
Es en ese contexto de la cultura del miedo que debemos examinar la
actual fascinación de Estados Unidos con la seguridad. Alarmados por las
imprecisas advertencias del gobierno acerca de ataques terroristas que
podrían suceder en cualquier momento, en cualquier sitio y de cualquier
forma, muchos norteamericanos han exhibido una complacencia inusitada
ante las intromisiones en su vida privada.
En efecto, sobre todo desde el 11 de septiembre, los ciudadanos
estadounidenses se han ido convirtiendo a sabiendas y con creciente
intensidad en objetos de vigilancia por parte de su gobierno, quien ha
empleado de todo, desde listas de personas a vigilar hasta escuchas
telefónicas secretas. Por ejemplo, con el pretexto de contribuir a la
búsqueda de terroristas, el Programa de Información Total del Pentágono
fue concebido para compilar en una gigantesca base datos todos los
registros financieros, clínicos, de comunicación y de viajes de una
persona. Sin embargo, la definición de terrorista según la infame Acta
Patriótica de los Estados Unidos es tan amplia que cualquiera podría
entrar en esa categoría.
Se está vigilando, fotografiando y catalogando en legajos oficiales a
ciudadanos inocentes y respetuosos de la ley. La lógica es arteramente
sencilla: para garantizar que se pueda detener a los malhechores que son
la minoría se hace necesario supervisar a los que observan la ley, que
son la mayoría. Así, a la larga la policía terminaría por conocer bien a
cada ciudadano, puesto que todos vivirían bajo vigilancia discreta. Como
dijo Barry Steinhardt de la ACLU: «Muchas personas todavía no entienden
que la vigilancia del tipo de la de “Gran Hermano” ya no es algo que
solamente se lee en novelas o se ve en películas».
El argumento ofrecido para justificar esta súper vigilancia el uso de la
tecnología para crear una suerte de campo de concentración electrónico
es el de prever e impedir delitos. Sin embargo, a diferencia de los
métodos utilizados por el régimen nazi, en el campo de concentración
nacional/internacional del mundo del futuro no se someterá a la gente a
esa forma de padecimiento. En ese mundo, la policía existe solamente
para proteger a los ciudadanos «buenos».
Una protección de esas características exige que la policía rastree los
movimientos de todos los ciudadanos con la ayuda de ordenadores y
dispositivos electrónicos.
Actualmente existen microchips de bajo costo que pueden implantarse
debajo de la piel ya se han hecho algunas pruebas piloto con personas,
en relojes o incluso en la ropa que uno compra (una técnica que han
empezado a usar muchos minoristas). En los supermercados y farmacias se
están empleando también microcircuitos del tamaño de una punta de
alfiler y antenas minúsculas más pequeñas que la cabeza de una hormiga
para administrar inventarios e impedir el robo de ciertos artículos,
como hojas de afeitar y medicamentos. Está previsto que dentro de las
próximas dos décadas los diminutos transmisores reemplacen los códigos
de barras.
Esos chip sirven también de dispositivos de rastreo, capaces de
localizar a una persona en cualquier momento y en cualquier lugar
valiéndose de una multitud de sensores especiales o satélites. A la
larga esta tecnología denominada «identificación por radio frecuencia»
pondrá a quien la controle en situación de acceder a toda la información
contenida en un chip, incluida su ubicación exacta, aun a gran
distancia.
Los defensores de estos sistemas de vigilancia argumentan que solamente
quienes «andan metidos en cosas turbias» pondrían objeciones a que se
supiera donde están en todo momento. Otros insisten en que simplemente
se trata del precio que hay que pagar a cambio del progreso. Eso es lo
que nos van a decir los medios de difusión y el gobierno.
En vista de que la gente se muestra muy dispuesta a creerse el argumento
de que esas intromisiones en el ámbito privado son necesarias para
combatir la delincuencia o la amenaza siempre vigente de ataques
terroristas, parece que la vida en el campo de concentración electrónico
es inevitable.
(John W. Whitehead es abogado constitucionalista, escritor y fundador y
presidente del Instituto Rutherford.)
[fin]
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Lecturas Adicionales:
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