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que no iba
a caer en contradicciones. Muchos críticos han señalado las
diferencias confusas y aparentes contra-dicciones entre los
relatos de la Resurrección. Pero en realidad son pruebas
convincentes de su autenticidad; demuestran una falta ingenua de
confabulación, con-cuerdan y (aparentemente) divergen mucho,
como los testimonios de los testigos oculares de cualquier
suceso.
ME HABRÍA descrito a mí
mismo y a cualquiera de mis cómplices de manera comprensiva,
incluso heroica. Sin embargo, llama la atención que los
evangelistas presenten descripciones poco halagüeñas de
seguidores de Jesús (como Pedro y Tomás) y como personas que en
muchos casos reaccionan con escepticismo (Marcos 16:11, 13;
Lucas 24:11, 37; Juan 20:19, 24–25; 21:4). Esas descripciones
difieren mucho de los mitos y leyendas populares de aquella
época (y de cualquier otra).
HABRÍA ocultado el sepulcro
o lo habría destruido de manera especta-cular en mi recuento. Si
fuera a crear una leyenda de una resurrección, mantendría el
lugar del sepulcro en secreto a fi n de evitar toda opor-tunidad
de que se descubriera el cuerpo de Jesús; o bien diría que los
ángeles lo sellaron y se lo llevaron al Cielo después de la
Resurrección. O quizá habría seguido la vía más fácil: afi rmar
que la falsa resurrección había sido espiritual, con lo que
habría sido imposible de refutar aunque a la larga se
descubriera el cuerpo. Pero, claro, los relatos evangélicos
mencionan al dueño del sepulcro (José de Arimatea)
y su
ubicación («En el lugar donde había |
sido crucificado, había un
huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo» [Juan 19:41]), y
señalan que la resurrección de Jesús fue física (Juan 20:27).
HABRÍA tratado de sofocar toda investigación. Tal vez
echaría una maldición sobre quien intentara confirmar mis afi
rmaciones, o estigmatizaría a todo el que fuera tan superficial
como para solicitar pruebas. Sin embargo, hay que advertir la
frecuente apelación de los discípulos de Jesús a las pruebas,
que podrían ser fácilmente confirmadas —o desacreditadas—; como
si invitaran a la investigación (Hechos 2:32;
3:15; 13:31; 1ª Corintios 15:3–6).
Esto tuvo lugar unos cuantos años después del suceso; si el
sepulcro no hubiera estado vacío o la Resurrección hubiera sido
aparente, los opo-nentes de los primeros cristianos podrían
haber desprestigiado definitivamente la naciente religión.
El Dr. Edwin Yamauchi dice de
la cita de 1ª a los Corintios 15 en que se dice que Cristo
resucitado apareció a más de quinientas personas: «Lo que da una
autoridad particular a los testigos como prueba histórica es la
referencia a más de quinientos hermanos que aún vivían. Como si
San Pablo dijera: “Si no me creen, pregúntenles a ellos”».
NO
HABRÍA predicado un mensaje de arrepentimiento a la
luz de la Resurrección [como hizo Pedro en Hechos 2]. Nadie en
su sano juicio optaría por inventar un mensaje que atrajera la
oposición y persecución de
las autoridades civiles y
religiosas las autoridades civiles y
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religiosas de la época. Cuánto
más fácil y sensato habría sido predicar un evangelio menos
polémico, concentrándose quizás en las enseñanzas de Jesús sobre
el amor y evitarme así muchos problemas, así como a los adeptos
de mi nueva religión.
NO
HABRÍA dado la vida por mi mensaje. Lee Strobel ha
escrito: «Hay quienes están dispuestos a morir por sus
convicciones religiosas si creen sinceramente, pero nadie da la
vida por sus creencias si sabe que son falsas». Mientras que la
mayoría solo acepta por fe sus creencias, los discípulos de
Jesús estaban en situación de saber sin sombra de duda si Él
había resucitado. Afi rmaron que lo vieron y que conversaron y
comieron
con Él. Si no hubieran tenido una certeza absoluta, no se
habrían dejado torturar hasta la muerte por proclamar que la
Resurrección había ocurrido.
No son estas
las únicas razones por las que creo en la verdad de la Biblia y
la realidad de la Resurrección. Pero están entre las «muchas
pruebas indubitables» (Hechos 1:3) que encontré en mis intentos
de rebatir el cristianismo y que me llevaron a la conclusión de
que Jesucristo fue el que afi rmó ser y realmente resucitó. No
fue de la noche a la mañana, pero con el tiempo acepté la
verdad, y el 19 de diciembre de 1959 el Cristo resucitado me
transformó de manera radical. Lo he visto hacer lo mismo en el
caso de innumerables personas. Y pido a Dios que el lector le
permita a Él hacer lo mismo en su vida, si no lo ha hecho aún. |